N. HARDEM: PADRE DE LO ELEMENTAL 

Fotografías por Natalia Dazed

Texto Por David Valdés

Ha pasado un poco más de un mes desde el lanzamiento de Verdor, el nuevo álbum de Nelson Martínez como N. Hardem. Mientras lo espero en la puerta de su estudio, repaso mis notas y en mi cabeza se repite sin descanso la barra ordinario, monumental de Sabbath, una de sus canciones. Cuando lo veo doblar una esquina, una frase aflora y converge las ideas en mi cabeza: N. es imponente en su música y también en su presencia. Mide casi dos metros y viste un hoodie negro XXL, unos pantalones baggy, unos anteojos circulares, un par de anillos y un gorro corto. Gigante, flaco y de pasos largos, aunque parece querer pasar desapercibido; cosa que no logra con su presencia y tampoco con su música.

El Perro Negro -uno de sus seudónimos en el rap- ha merodeado entre dos mundos para darle vida a sus paisajes sonoros: la sinergia gris y agitada de la hora pico en Bogotá, donde nació, creció y se crio, y el gozo colectivo de una chirimía chocoana en Quibdó, el origen de sus raíces maternales. Entre el aroma de aerosoles de grafiti, cyphers callejeros y fiestas de fin de año musicalizadas con ollas haciendo de tambores y molinillos haciendo de claves, Hardem se desenvolvió con tacto y cuidado, como un papiro antiguo, para revelarse como uno de los raperos más atrevidos y crípticos en Colombia.

Cine Negro con Soul AM (2014), Tambor (2015) y Lo que me eleva con El Arkeólogo (2017) fueron sus tres álbumes de presentación, bañados de la sazón competi del rap noventero que lo formó. Su camino bifurcó a un experimento llamado Rhodesia con Las Hermanas (2018), rapeando sobre una abstracción instrumental que mezclaba el hip hop con la electrónica e incluso la psicodelia, y con una continuación de su proyecto más personal llamado Tambor 2 (2019).

Después de casi una década de rapeos, N. deleita a su séquito con Verdor, un universo al que se refiere como su gran debut y en el que la analogía y lo elemental son protagonistas. “Volver a la sencillez, ese fue el espíritu de la vuelta. En el proceso me deshice de muchas pendejadas y trabajé desde la médula de las cosas, muy en contacto con lo natural y lo simple. No hay nada [en el disco] que sea innecesario”.

Incluso desde la carátula del álbum se refleja lo esencial, la médula de su vida, lo más necesario: una fotografía de su madre con una sonrisa y los brazos en alto en una fiesta en los 70. La pudo haber tomado su padre o un tío, no lo recuerda; es un momento de euforia, de baile, de lo que verdaderamente significa el verdor: la lozanía de la juventud.

En todo caso, Hardem se ve lúcido, despierto y sin distracciones. Acaba de llegar de Cali de un concierto con 40 personas, esquivando la peste con el distanciamiento social, acuñando el hustle imparable de un artista independiente y abriendo las primeras presentaciones de esa magia sanadora apodada Verdor.

Mientras entramos al estudio -una casa amplia, con baterías, consolas e instrumentos regados por doquier- me cuenta que el espacio se divide en seis: Sello Indio, Las Hermanas, Mambonegro Récords, Mario Galeano de Frente Cumbiero, una productora de cine y él mismo. Aquí fue donde se manufacturó gran parte de su nueva entrega.

***

Because there’s a lot of things need to be done. The last thing it should be able to you, is your right to complain. So, if you ain’t gonna do nothing else, don’t say nothing, just shut the fuck up! If you not gonna work, if you not gonna help, do not complain of what ain’t happening, cause you could be doing that…

 

Verdor detona con Primera fila y un extracto de una entrevista del poeta Gil Scott-Heron hablando de la crítica y la queja sin acción. N. toma el micrófono para patentar su peso como MC, responder en contracorriente a la quietud y reclamar un puesto preferencial en el más allá para ver un concierto de la reina del jazz, Ella Fitzgerald. La instrumental (una de las cinco bellezas producidas por AvenRec en el álbum) suena a un teatro neoyorquino de los 50 donde se escuchan los gritos ahogados de un blues. Es un golpe necesario para todo el que quiera criticar; N. ya tiene trecho en el rap y en este disco va a hacer lo que le nazca, lo que le dé la gana.

La marimba, el timbal y el pregón entran en Apolo, una canción en la que Hardem piensa en un mundo añejo, hecho con las manos (Donde todavía no escaseaban los abrazos / No se cambiaban los ocasos por ingresos), y no esconde sus skills como rapero (Opero distante, encontré refugio, ¿en dónde? / En ungidos y eruditos, embebidos en estudio / Relucientes y oscilantes artilugios / Regios gemidos iluminan los tugurios). N. utiliza su voz como un instrumento para crear imágenes que se intercalan entre sílabas y vocales y caen en el beat sin esfuerzo alguno. “Pienso en las palabras más como suenan que como se leen, que también hace parte de cómo he aprendido el ejercicio con el rap gringo. Que de alguna forma despierte la curiosidad, que lo críptico del código pueda estar en lo sencillo y en la sonoridad del lenguaje”. Un apunte que resalta la idea de que sus temas son una mina donde en cada pico y pala se encuentra una joya distinta.

Apenas en el primer tercio del álbum, hay un punto de quiebre. Valió más soñar que temer, valió confiar, recita Daniela Lozada en Poder, un interludio con un poema hermoso, desde el alma, sobre una instrumental que se siente al borde de un río y con apenas el roce de las yemas en una guitarra. Es difícil de olvidar, digerir y contemplar, y aún más para N. “Antes de Poder, expongo lo que sé hacer y lo que pudo haber sido, pero en adelante, me quedo quieto y miro qué otros caminos hay. Se abren posibilidades que proponen desde otra posición (…) Ser experimental buscando la experiencia, haciendo uso de ella para llegar a lugares nuevos para uno mismo. Ese es el sentido experimental; experimentar, no dárselas de genio”. Valió confiar en tomar otros caminos y Hardem los asumió de ahí en adelante. 

 

Su pesquisa para darle otras tonalidades al rap con colaboraciones inéditas y en su mayoría drumless, comenzó en Volcán con la voz angelical de Briela Ojeda y un sample de El castillo de Cagliostro del cineasta Hayao Miyazaki. Es un soul típico de las películas de Studio Ghibli, con una melancolía y un dilema eterno, de pasos en falso, que N. plasma en su voz y en su letra: Guardé silencio ante acertijos que eran cura / Rogaba por tener otra fortuna / Lloraba mis ilusiones deshechas en la tribuna / Y no era fe, fue dolor ludópata, se me esfumó la suma.

N. continuó ese camino a ciegas y se dejó llevar, fluyó con el río y sus corrientes y empezó a cantar. En Na Zu Sisi (un pegajoso ba baba dibi, ba baba dibi) acompaña a Lianna para volver a dar pistas de la sencillez de un gigante (Mira el sol tan grande, cae sin quejarse ni hacer ruido alguno) y homenajear la vida de su hija, Irene (Amor supremo tangible / Tanto, tanto tan bueno y tan libre / Octubre te hizo posible, me hizo inmortal / Tuve que morir, tuve que soltar). Una paternidad que lo ha ayudado a curar, a amar y a darle más importancia a lo que sale de su boca y su pluma: “Me cambia la perspectiva y la visión de las cosas de muchísimas maneras. La responsabilidad hace que todo cambie: hacerse cargo de lo que uno está diciendo, incluso por joda, y dejarse de tomar las vueltas tan en serio, porque hay algo más en serio y es que hay alguien ahí afuera que va a ser recipiente u objeto de tus aciertos y desaciertos, en lo que sea”.

Después de abrazar el amor, Hardem vuela a la copa más alta de los árboles para recordar el festival Zaire 74 –donde Celia Cruz, la Fania All-Stars, James Brown y BB King musicalizaron un combate de boxeo entre Muhammad Ali y George Foreman– y encontrarse con Gambeta para espantar a las golondrinas y los azulejos que no les dan la talla en el rap. Hardem – Gambeta, planetas que antes fueron rocas / Saca una foto, lo demás se desenfoca / Aurora boreal, desde el país del “espere y verá” / Buscando un Sinogan, sin hogar van, rapea en Virgo el MC de Alcolyrikoz, quien también produjo dos canciones de Verdor.

Como si su origen lo delatara, N. le da rienda suelta a dos declaraciones que ruegan por la necesidad de que su piel se vuelva un cuero, rodeado de escasez y vulnerabilidad, porque cuando se vive en Colombia, cuestionar y desconfiar es un día a día ineludible. En Azúcar se declara “irremediablemente escéptico” y en Quest retrata cómo, desde la independencia, debe seguir buscando qué da para vivir: “Es la cara que lo hace poner a uno la hostilidad en la que vivimos, y el rebusque es necesariamente así. Toca ser escéptico para darse cuenta de que no toda la tierra que está pasando por el colador es eso, sino que hay pepitas de oro por ahí (…) Uno de pronto no se daba cuenta, pero siempre he sentido que hacer música en un país que vive tantas situaciones adversas, en el que, si bien la vida occidental y la vida del capital es una competencia y no una cooperación, al sentir que el entorno está en contra de la supervivencia tranquila, muchas cosas dan el impulso para resolver rebuscando”.

Antes de cerrar el álbum, aparece una de las colaboraciones más eclécticas de la música bogotana contemporánea. Hardem invita a Edson Velandia en Inmune para subirse sobre un beat con voces que parecen venir del purgatorio y contarnos la historia de un niño callejero, que no sabemos si amanece un lunes en las puertas de una fábrica. “En la supervivencia más cruda, sea en la selva, en el campo o en las calles, la gente agarra mucho cayo. Todos tenemos distintos grados de vulnerabilidad. Y no es algo nuevo, ni que se haya dicho, pero así nos salió a nosotros”.

***

Cuando a N. le piden en una entrevista reciente con Worldwide FM una canción que lo conecte con la tierra, se decide por Na Barriga do Vento, un tema del cantante brasileño Arnaldo Antunes. “Esa canción me hace pensar en la música que me representa y me conecta con los demás… y pienso directamente en la música que toco para mi hija. Irene es mi conexión con la tierra y con otros seres humanos”, cuenta. Esa conexión con la tierra, que también es la conexión con el ser más puro y amado de la vida de Hardem, dio los frutos de una paternidad artística entregada.

Todos somos padres de lo que creamos y la crianza de una obra depende de cada padre. Sin alargarnos, existen tres tipos de paternidad: la que marca y se va, dejando incompleto el lienzo; la que prefiere imitar y emular, dando pinceladas con los mismos trazos de la tradición; y la que alimenta y guía hasta la cumbre, con una mano atrás ocupada en el conocimiento y una mano adelante, sin prisa y a la deriva, esperando nuevas formas de creatividad.

Esa última, que no tiene más remedio que ser la honestidad viva de su creador, es la más vulnerable y también la más valiente. Y en Verdor, a N. Hardem no le cuesta asumir esa responsabilidad, pasar al paredón y mostrar su verdadera cara: una que valora su origen y su intimidad familiar, una que saca la casta para explorar otros horizontes en el rap y una que, sobre todo, acoge la sencillez y el gusto paciente del pasado, como a quien las alarmas, los calendarios y la inmediatez lo tienen sin cuidado.

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