MORTAJA CAMILO AREVALO

Texto Adriana F. Pauly Curadora

En la obra de Camilo el uniforme militar colombiano se convierte en la mortaja, aludiendo a la dicotomía existente en el país entre los diferentes grupos considerados liberadores que desde sus diferentes perspectivas se apropian de este traje para disimular los cuerpos de asesinados entre la flora endémica. En este proyecto se discierne el problema epistemológico de la verdad, la posibilidad de coexistir dos representaciones antagónicas de acontecimientos supuestamente verdaderos: la verdad vivida y la verdad politizada. La obra de Arévalo se enfrenta a varias dualidades en la apropiación de la naturaleza, aunque de forma abstracta, con los mismos fines de aquellos que se encuentran desde hace años en un conflicto armado en el territorio colombiano. 

Las fotografías, los videos y la instalación de Arévalo materializan el tiempo, entendiéndolo de la misma forma que el filósofo francés George Didi-Huberman consideró el montaje fotográfico como una herramienta para visibilizar. El montaje empodera lxs observadorxs , les permite ver transcurrir el tiempo y la historia de manera pausada, revelando así la arqueología del conocimiento. 

La serie Auto/entierro, compuesta de 12 imágenes separadas, narra el proceso de un cuerpo blanco y desnudo vistiéndose con un traje militar colombiano. El cuerpo se encuentra ante una maraña de vegetación verde oscura y se alza pisando la tierra marrón, su piel clara reluce en contraste. 

Con cada paso este cuerpo va desapareciendo, mimetizándose con el entorno hasta que los únicos rasgos visibles son la cara, las manos y los pies. El cuerpo desvanecido en este contexto revela la triste verdad nacional de los miles de cuerpos que han desaparecido y siguen desapareciendo. Una verdad que se enfrenta de manera acusativa a la supuesta realidad de que existe paz en el país. Es esa misma dualidad que encarna en el traje militar, la naturaleza y su réplica pervertida. Con cada paso este cuerpo va desapareciendo, mimetizándose con el entorno hasta que los únicos rasgos visibles son la cara, las manos y los pies. El cuerpo desvanecido en este contexto revela la triste verdad nacional de los miles de cuerpos que han desaparecido y siguen desapareciendo. Una verdad que se enfrenta de manera acusativa a la supuesta realidad de que existe paz en el país. Es esa misma dualidad que encarna en el traje militar, la naturaleza y su réplica pervertida. 

Es un hecho que el patrón del estampado camuflaje como el entorno que intenta reproducir es único en cada país, la pregunta que vincula las obras de esta serie es, si la réplica de una naturaleza endémica se convierte en una herramienta de violencia y termina por erigirse como un símbolo del dolor, ¿cómo reconciliamos la referencia con la malinterpretación?, ¿cómo distinguimos la ficción de la verdad?. El campo de batalla de este conflicto armado ha sido y sigue siendo el terreno de la naturaleza, otra víctima pasiva, su desaparición es otra realidad que no se pronuncia.

La naturaleza se instrumentaliza para el uso militar y así la herramienta para esconderse se convierte en cómplice de la desaparición. La naturaleza ficticia camufla operaciones militares clandestinas, cuerpos militarizados, políticas que no se han esforzado en implementar, y sobre todo camufla las mentiras y las falsas promesas.

Arévalo desmaterializa la violencia y nos invita a tomar conciencia de que en este país se coexiste con ella, ya que su omnipresencia ha permeado tanto materiales orgánicos como inorgánicos, realidades y objetos cotidianos. La obra Mortaja se compone de hojas naturales encontradas en plantas endémicas en la región del Tolima construyendo una interpretación literal del patrón militar que intenta imitar el entorno natural.

La dualidad y lo absurdo entre la simulación y la realidad se vuelve evidente con esta yuxtaposición de lo artificial con lo natural. El trabajo manual del acto de coser y confeccionar se lee como otra forma de materializar el tiempo, cada hoja cuenta una historia, representa un hogar natural, en oposición al plástico impermeable e indestructible del traje militar, la naturaleza sí muere y con el tiempo toda su esencia es absorbida por la tierra, por el contrario, el plástico, de la misma forma que la violencia y el dolor que causa, permanecerá.

La obra Cadillo hace referencia a la semilla del cadillo que, gracias a su estructura de pequeños pelitos en su superficie, se adhiere a los cuerpos con los que se roza, sistema que sirve para su proliferación. En esta obra el nombre hace alusión a ese modo de adherencia y la dificultad de despegarse una vez que la semilla entra en contacto con la superficie. En ese proceso Arévalo ve una similitud con la muerte, que inunda el hábitat natural del país, viaja casi desapercibida entre las plantas gracias a su habilidad para ocultarse y mimetizarse con el medio que la rodea. En el video la muerte está personificada por una figura completamente cubierta por una prenda estampada con el patrón militar colombiano.

La figura entra en el campo de visión desde la distancia y desaparece dentro del entorno, lxs oberservadorxs perciben un movimiento y un acercamiento de una figura ambigua, una presencia al principio fantasmagórica que al acercarse se vuelve realidad. La muerte se enfrenta al observadorx con determinación antes de seguir su transcurso por la selva. Para la artista la muerte en este caso es algo artificial, resultado de una decisión, huérfana deambulando por el territorio y proliferando con cada paso. Una muerte que se supo adaptar a su entorno y mantener su presencia.

El discurso en torno a esta idea concluye con la presentación del vídeo Nomen Nescio que retrata un cuerpo en traje camuflado, acostado en el claro de un bosque. El sol ilumina ligeramente el rostro y parte del cuerpo, el torso sube y baja pausadamente con cada aliento. Un texto escrito por la artista acompaña el video, este hace referencia a una maldición que se dirigió hacia ella, alguién le deseó que la confundieran con un falso positivo. Mucho antes de la pandemia los “falsos positivos” ya existían en Colombia, cuerpos de civiles ejecutados vestidos en uniformes de guerra para hacerlos pasar por guerrilleros, cuerpos que fueron descartados de la misma forma que el cuerpo del vídeo. La contemporaneidad asume la violencia que poco a poco sedimenta en la historia nacional perpetuando el hábito de construir y reconstruir sobre contornos de cuerpos desaparecidos. En un país acostumbrado a la incertidumbre e inconsistencia retórica, las palabras pierden valor. El deseo de la muerte a otra persona puede declararse impunemente como cualquier otra palabra, transformándose en un espejismo borroso y desligado de la realidad que trata de señalar. 

La exposición reflexiona en torno a la idea de cómo se leen los códigos de la indumentaria bélica y termina siendo un ejercicio de decodificación de las implicaciones que la propia indumentaria intenta camuflar. Arévalo revela las contradicciones e ironías inherentes en los códigos y señales militares y nos recuerda que la paz sigue siendo una ficción nacional. 

Adriana F. Pauly Curadora

www.juancamiloarevalo.com
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